domingo, 24 de febrero de 2013

Hasta mañana


Apostada junto a la puerta, Catherine trataba de localizar una tumbona a la sombra en la cubierta de estribor del barco. Encontró una sin ocupante escondida tras una larga hilera de a dos. Estaba, tal vez, demasiado lejos, pero se armó de valor y se puso en camino.
Esa extraña forma de recorrerlo dando pequeños pasos laterales con la espalda y los brazos pegados a la pared y la mirada cubierta con una lentes tintadas, clavada en el suelo, obtuvo irremediablemente la atención del resto de los pasajeros.
 La pareja de recién casados que por un instante dejó de hacerse arrumacos; una nodriza, sentada junto a su ama entretenida en una revista de moda, observando las carreras de dos niños de unos siete y cinco años. Una anciana acomodando una gruesa manta sobre el regazo de su marido, aun más anciano. Dos hombres de mediana edad leyendo la prensa y comentando  las noticias que llegaban del viejo Continente. Todos observaban con curiosidad a aquella joven vestida de negro de cabello largo y oscuro, extremadamente  pálida. Pero Cathy, como la llamaba su familia, estaba tan concentrada en llegar a su destino que ni siquiera podía darse cuenta de la expectación que causaba a su paso. Finalmente tomó asiento.
 El cuarto día de navegación había amanecido nublado y el mar estaba en calma tras su tormentosa partida del puerto de Southampton. Aquel mes de abril de 1912 estaba siendo afortunado para a ella. Como huía del sol, a causa de la  xeroderma pigmentosum, una enfermedad grave producida por los rayos solares, apenas podía frecuentar la cubierta. Y como era su primera travesía agradecía un día totalmente nublado para poder disfrutar de la brisa marina.
Abrió su libro y el marcador señaló la página abandonada el día anterior. Página 131. Aquella novela de Oscar Wilde, el escritor maldito, le mantenía en vilo desde antes de su partida. Así que se acomodó en la tumbona y se dispuso a iniciar un viaje junto a su protagonista, llamado Dorian Grey. Había retirado este junto a otros cuatro libros, a hurtadillas  de la biblioteca de su familia. Permanecía horas encerrada en aquella estancia perdiendo la noción del tiempo, incluso del espacio. Creía vivir como una realidad cada una de las historias que caían en sus manos. Así ni siquiera se percató que una camarera había permanecido casi diez minutos frente a ella para averiguar si deseaba tomar un refrigerio, cansada de esperar finalmente desistió.
De repente sintió una leve caricia en el pie derecho e involuntariamente cerró los ojos. Respiró profundamente. El libro cayó de sus manos. Su cuerpo se estremecía mientras un tímido suspiro salía de sus labios. Fue un instante nada más y nada menos.
 Pero cómo no sabía cómo definir lo que le pasaba, ya que jamás lo había vivido con anterioridad, empezó a buscar palabras en su atestada memoria que pudieran expresar perfectamente aquella experiencia. De tal manera que aquella agradable sensación se convirtió pronto en algo irritable y desesperante para alguien que como ella necesitaba tenerlo todo catalogado.
Los ojos que habían permanecido cerrados unos instantes se abrieron para descubrir algo terrorífico. Su pie se hallaba iluminado por aquello que podía acabar con su vida. Bruscamente lo retiró doblando las rodillas hacia su vientre.
Así estuvo un par de minutos, en silencio, oyendo su respiración entrecortada. Paralizada por el miedo. Reflexionando acerca de aquel peligro que acababa de sortear. Su imaginación volaba hacia sus peores temores. ¿Y si no se hubiera dado cuenta? ¿Y si se hubiese quedado dormida? ¿Así es como su triste vida había de acabar? ¡Tanta precaución que tenía siempre! Y las lágrimas, a pesar del esfuerzo por contenerlas,  salieron en tromba al exterior. Sollozaba intensamente, no sólo por lo que acababa de ocurrir, lloró por todo lo que no había llorado en su vida.
Poco a poco fue calmándose. Miró su pie. Lo inspeccionó una y otra vez. Pero no había cambios en el. Todavía no se había enrojecido ni siquiera aumentado de volumen. No había marcas en él. Todavía no. Pero las habría.
Permaneció quince interminables minutos investigando cada centímetro del  empeine de su pie. Por un momento creyó ver un cambio de color bajo el dedo pulgar pero no fue más que una alucinación.
Entonces dudando de aquello en lo que había creído durante toda su vida pensó que tal vez se había curado. Pero al instante desechó ese pensamiento. No. Esto tenía que tener alguna explicación.
Siguió mirando y mirando su pie, hasta que un pensamiento empezó a tener más peso que el resto. ¿Y si nunca hubiese estado enferma?
No recordaba ni un minuto de su vida en el que el sol le hubiese acariciado. No. No podía ser.
Revisó uno tras otro sus recuerdos.
 De niña viendo jugar a sus hermanos en el columpio del jardín tras una ventana. Las cortinas de terciopelo marrón que cubrían las ventanillas traseras de la calesa familiar. La oscuridad perpetua que reinaba en su hogar.  El no haber podido asistir al colegio como el resto de hermanos y primos. Su aspecto enfermizo, casi como un fantasma. Pero sobre todo lo feliz que se sentía en los días de lluvia en que aprovechaba para salir a la calle a pasear.
No tuvo tiempo ni de pensarlo, como un resorte sus piernas se estiraron a lo largo de la tumbona. Ahora el sol alcazaba hasta sus rodillas. Sus manos no dejaban de temblar. Sentía miedo pero no tenía ninguna intención de dejarse vencer por él.  La aventura acababa de empezar y ni sus dudas ni nada le harían retirarse. Poco a poco empezó a relajarse y disfrutar de aquella sensación que un rato antes había experimentado.
Aquello duró un par de horas, finalmente el sol desapareció por el horizonte hacia su descanso.
Catherine observando a su nuevo amigo con una sonrisa y casi susurrando le dijo.
-          Hasta mañana
Y corrió por  la cubierta en busca de sus padres, fue a  la sala de lectura, pero no encontró allí a su madre, de camino a la sala de fumadores, en busca de su padre, atravesó la suntuosa escalinata de la cubierta A. Dejó de ver todo aquello como una amenaza. Y empezó a disfrutar por primera vez de aquel barco y del viaje que le llevaba hacia América. No sabía por dónde empezar, como enfocar la conversación. Pensando en todo lo que tenía  que contarles. Como una nueva vida empezaba para ella. Se acabó el huir y el esconderse. La debilidad y el miedo. Todo eso lo había dejado atrás. Aquel barco que tanto había odiado se había convertido en su salvación, se dijo a si misma que recordaría siempre su nombre. Titánic.

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