No se sabe cómo pero un
día Berta empezó a no poder conciliar el sueño. Le costaba horrores dormirse y
cuando por fin lo conseguía, al cabo de un par de horas, se despertaba aterrada
sin recordar el motivo.
Valerianas y tisanas varias
empezaron a aparecer en su mesita de noche. Aunque no parecían hacerle efecto. Cada día se sentía más cansada y con
menos ganas de hacer cosas. Se decía a si misma que la causa podía ser el
cambio de estación o que le faltaban vitaminas o cualquier otra razón tangible.
Hasta el día en que su compañera de trabajo en el Ministerio de Sanidad y
Consumo, con la cual compartía cubículo desde hacía más de veinte años, le preguntó
si se encontraba bien. A un “bien, gracias” le acompañó un sollozo intenso.
No quería mostrarse
débil ni sentimental en el trabajo, “¿qué van a pensar de mi?, se decía. Así
que de alguna manera conseguía permanecer serena las horas laborales y cuando
el llanto le apretaba la garganta se encerraba unos minutos en el baño.
Todo el mundo a su alrededor parecía conocer a
alguien que estaba pasando por lo mismo. Aunque a ella eso no la reconfortaba.
Le aconsejaron que hiciera ejercicio físico pero nadie sabía el esfuerzo
titánico que suponía salir de la cama o ducharse por las mañanas.
Lo único que parecía
conectarle a la vida era su jardín.
Vivía en un pequeña planta baja con 25 metros cuadrados de tierra para
cultivar. No estaba en su época más esplendorosa pero le dedicaba las pocas
fuerzas que le quedaban.
En sus mejores momentos
quitaba malas hierbas, abonaba con los posos de café de la mañana, realizaba injertos
en los rosales, podaba enredaderas y aromáticas, luchaba tenazmente contra las
plagas, pero sobre todo, le gustaba regar de manera manual, con manguera y
regaderas de todos los tamaños.
Una tarde de sábado de mediados del mes de diciembre
estaba trabajando en su vergel cuando, de repente, por encima de la tapia donde
crecía la buganvilla amarilla, que separaba su terraza de la calle, se paseó tranquilamente un gato. Exactamente una
gata de tamaño mediano tricolor. Con manchas negras y caramelo sobre fondo
blanco. En mitad de la tapia la gata había quedado sentada sobre sus posaderas
y se relamía las patas delanteras. La propietaria de aquel jardín empezó a
realizar todo tipo de sonidos, shi, shiiii…psi, psi…nada, la gata ni se
inmutaba. - ¡Que poca vergüenza!,- dijo en voz alta y entonces, sin pensarlo, dirigió la regadera hacia arriba, empezó a
sacudirla como una loca y la gata salió volando.
Durante el domingo se
repitió la misma historia. El lunes la gata tomó posesión de la mesa del
jardín. También fue su morada el martes, y el miércoles. Ella no lo podía
permitir pero apenas le quedaban fuerzas para expulsarla.
Al quinto día, jueves, 18
de diciembre, desistió de su lucha. Cada vez se sentía más débil. Al ver a la
gata continuó podando tranquilamente un pequeño limonero, eso sí, controlando
al animal por el rabillo del ojo. Ese día, consultando el santoral, le puso
nombre a su intrusa, Hope.
El viernes se desmayó
en el trabajo haciéndose una pequeña y profunda brecha y acabó en urgencias. Su
aspecto físico se había deteriorado mucho. Había perdido unos 5 kilos, y a ella
nunca le había sobrado demasiado peso.
Incluso en sus mejores momentos su madre le decía a todas horas que con
un par de kilitos de más estaría la mar de mona. A su afilada mandíbula le acompañaban ahora
unos huesudos pómulos y unas enormes ojeras negras.
De urgencias le enviaron
a su médico de cabecera al cual explicó sus problemas para conciliar el sueño y
su profunda tristeza. Un diagnostico rápido de “Depresión”. Le dieron una
receta de prozac y la enviaron a casa.
Esa misma noche ya
metida en la cama y tras tomarse la
medicación oyó el llanto de un bebé, un
gemido insistente y desgarrador. Imaginó a una madre depositando a su criatura
recién nacida en el contenedor que había
tras aquellos muros. Intentaba conciliar el sueño pero en cuanto cerraba los ojos la escena de
un niño casi desnudo cubierto de basura y
a merced del frío aparecía una y otra vez. Salió al jardín y buscó de dónde
procedía aquel lamento. El llanto se intensificaba tras el muro que daba a la
casa del vecino de la izquierda. Intentó
ver a través del brezo que separaba ambos jardines. Nada. Estaba demasiado
oscuro. Cogió la escalera grande. La apoyó en el muro. Subía tambaleándose
porque la pastilla ya le había empezado a hacer efecto. Llegó a lo más alto. A
punto estuvo de caerse. Tuvo que acomodar la visión a aquella oscuridad para
localizar al bebé. En su lugar encontró a Hope y a otro gato de color blanco sobre
ella.
El sábado pasó por una tienda de animales compró
una casita para gatos de madera de teka con gatera y escalera que daba acceso a
otro piso y la instaló en el lugar más fresco de su jardín.
A Hope le
costó poco habituarse a su nueva morada, aunque tampoco se quedó mucho tiempo. En
su lugar, dejó tres crías muy ruidosas y un sueño profundo para la dueña de la
casa.
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