jueves, 7 de marzo de 2013

¿Qué van a pensar de mí?


No se sabe cómo pero un día Berta empezó a no poder conciliar el sueño. Le costaba horrores dormirse y cuando por fin lo conseguía, al cabo de un par de horas, se despertaba aterrada sin recordar el motivo.
Valerianas y tisanas varias empezaron a aparecer en su mesita de noche. Aunque no parecían hacerle  efecto. Cada día se sentía más cansada y con menos ganas de hacer cosas. Se decía a si misma que la causa podía ser el cambio de estación o que le faltaban vitaminas o cualquier otra razón tangible. Hasta el día en que su compañera de trabajo en el Ministerio de Sanidad y Consumo, con la cual compartía cubículo desde hacía más de veinte años, le preguntó si se encontraba bien. A un “bien, gracias” le acompañó un sollozo intenso.
No quería mostrarse débil ni sentimental en el trabajo, “¿qué van a pensar de mi?, se decía. Así que de alguna manera conseguía permanecer serena las horas laborales y cuando el llanto le apretaba la garganta se encerraba unos minutos en el baño.
 Todo el mundo a su alrededor parecía conocer a alguien que estaba pasando por lo mismo. Aunque a ella eso no la reconfortaba. Le aconsejaron que hiciera ejercicio físico pero nadie sabía el esfuerzo titánico que suponía salir de la cama o ducharse por las mañanas.
Lo único que parecía conectarle a la vida era su jardín.  Vivía en un pequeña planta baja con 25 metros cuadrados de tierra para cultivar. No estaba en su época más esplendorosa pero le dedicaba las pocas fuerzas que le quedaban.
En sus mejores momentos quitaba malas hierbas, abonaba con los posos de café de la mañana, realizaba injertos en los rosales, podaba enredaderas y aromáticas, luchaba tenazmente contra las plagas, pero sobre todo, le gustaba regar de manera manual, con manguera y regaderas de todos los tamaños.
 Una tarde de sábado de mediados del mes de diciembre estaba trabajando en su vergel cuando, de repente, por encima de la tapia donde crecía la buganvilla amarilla, que separaba su terraza  de la calle, se  paseó tranquilamente un gato. Exactamente una gata de tamaño mediano tricolor. Con manchas negras y caramelo sobre fondo blanco. En mitad de la tapia la gata había quedado sentada sobre sus posaderas y se relamía las patas delanteras. La propietaria de aquel jardín empezó a realizar todo tipo de sonidos, shi, shiiii…psi, psi…nada, la gata ni se inmutaba. - ¡Que poca vergüenza!,- dijo en voz alta y   entonces, sin pensarlo,  dirigió la regadera hacia arriba, empezó a sacudirla como una loca y la gata salió volando.
Durante el domingo se repitió la misma historia. El lunes la gata tomó posesión de la mesa del jardín. También fue su morada el martes, y el miércoles. Ella no lo podía permitir pero apenas le quedaban fuerzas para expulsarla.
Al quinto día, jueves, 18 de diciembre, desistió de su lucha. Cada vez se sentía más débil. Al ver a la gata continuó podando tranquilamente un pequeño limonero, eso sí, controlando al animal por el rabillo del ojo. Ese día, consultando el santoral, le puso nombre a su intrusa, Hope.
El viernes se desmayó en el trabajo haciéndose una pequeña y profunda brecha y acabó en urgencias. Su aspecto físico se había deteriorado mucho. Había perdido unos 5 kilos, y a ella nunca le había sobrado demasiado peso.  Incluso en sus mejores momentos su madre le decía a todas horas que con un par de kilitos de más estaría la mar de mona.  A su afilada mandíbula le acompañaban ahora unos huesudos pómulos y unas enormes ojeras negras.
De urgencias le enviaron a su médico de cabecera al cual explicó sus problemas para conciliar el sueño y su profunda tristeza. Un diagnostico rápido de “Depresión”. Le dieron una receta de prozac y la enviaron a casa.
Esa misma noche ya metida en la cama y  tras tomarse la medicación oyó  el llanto de un bebé, un gemido insistente y desgarrador. Imaginó a una madre depositando a su criatura recién nacida  en el contenedor que había tras aquellos muros. Intentaba conciliar el sueño  pero en cuanto cerraba los ojos la escena de un niño casi desnudo cubierto de basura  y a merced del frío aparecía una y otra vez. Salió al jardín y buscó de dónde procedía aquel lamento. El llanto se intensificaba tras el muro que daba a la casa del vecino de la  izquierda. Intentó ver a través del brezo que separaba ambos jardines. Nada. Estaba demasiado oscuro. Cogió la escalera grande. La apoyó en el muro. Subía tambaleándose porque la pastilla ya le había empezado a hacer efecto. Llegó a lo más alto. A punto estuvo de caerse. Tuvo que acomodar la visión a aquella oscuridad para localizar al bebé. En su lugar encontró a Hope y a otro gato de color blanco sobre ella.
 El sábado pasó por una tienda de animales compró una casita para gatos de madera de teka con gatera y escalera que daba acceso a otro piso y  la instaló en el lugar  más fresco de su jardín.
  A Hope le costó poco habituarse a su nueva morada, aunque tampoco se quedó mucho tiempo. En su lugar, dejó tres crías muy ruidosas y un sueño profundo para la dueña de la casa. 

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