Dejé entusiasmada a mi terapeuta ayer. Así me lo hace saber al
llegar a la consulta. Ha preparado de manera cuidadosa todos los detalles para
la hipnosis. Yo aún no estoy muy segura.
¿Cómo está? me pregunta. La mujer que está sentada frente a mí, de unos
cuarenta años, espera mi respuesta en silencio. Bien, digo. A lo que ella, como
cada sesión desde hace dos años, me responde que: Bien, no es nada. ¿Cómo
estoy? Hoy diría que estoy bastante nerviosa.
Mientras escojo las palabras, me fijo en la psicóloga. Creo que es la
última sesión de su jornada. Imagino que se preguntará por qué habrá dejado a
su paciente más complicada, o eso presumo, para el final del día. Cuando ya
apenas le quedan fuerzas. Cuando está deseando volverse a casa, quitarse esos
absurdos tacones, ponerse el pijama de franela, sí, seguro que lleva franela,
tras darse una ducha larga y caliente, masturbarse, quizás, y embadurnarse de
crema de los pies a la cabeza. Y, aun así, como siempre la veo entregada a mí. Sospecho
que ya no sabe muy bien cómo ayudarme, lo ha intentado todo. Ni yo misma sé que
hago aquí, si no es por la recomendación/exigencia de mi discográfica.
Me pide que me ponga cómoda, me ofrece una manta y un té. Pone una música
muy suave. Le pido que la quite. La veo sonreír orgullosa por la nueva
decoración de la sala, que ha dejado en penumbra; la butaca de colores, la
lámpara de diseño metalizada, que le ha debido de haber costado un pastón y ese
cd firmado enmarcado en la pared que cada día soporto menos.
Me susurra las instrucciones, con una voz profunda y suave.
Ahora relájese. Quiero que piense en lo que recordó ayer, ¿dónde estaba
aquel día? Es importante que se concentre en los detalles, olores, colores,
formas, temperatura, sonidos.
¿Qué hago aquí? Pienso en la noche en la que perdí la voz en el escenario.
Dos años de presión en los que no he sabido cómo enfocar el triunfo, como me
dijo mi terapeuta hace unas semanas. En el miedo a no tener nada más que
contar. Qué ironía, el disco que todo el mundo alababa, había acabado conmigo.
Después caí en un silencio incómodo para todos, ¿no quería cantar?, ¿no podía?
-
Respire cada vez más
profundo. Cuente hacia atrás, 10, 9.
Poco a poco, estoy entrando en un sopor. ¿me habrá puesto algo en
el té?
-
8, 7, 6,5,4,3,2,1.
¿Qué es lo que ve? - me pregunta.
-
Estoy en un sitio
conocido- describo en voz alta- Tal vez es un sueño. No. Creo que esto lo he
vivido antes, hace mucho tiempo… Sí, veo a una amiga que ya no está, María,
como la que echo de menos, y junto a nosotras, está el resto de nuestra
pandilla … Puedo incluso oler. Huelo a incienso, canela, sándalo,
todo mezclado. Cuero del de verdad, un pastel de zanahoria y marihuana. Estoy
rodeada de gente y puestos… mucho color… Oigo una música alta. Suena percusión
y una flauta… Mi cuerpo se mueve. Me veo bailando como en una marea unida al
resto. Salto de un sitio a otro. Sacudo mi cabeza. Siento alegría. Alguien me
coge con suavidad de la mano. Unos labios acarician mi cuello. Tiran de mi
hacia un rincón. Siento una rodilla entre mis piernas y un aliento conocido
sobre mi boca. Aprieto el cuerpo que está frente a mí y vuelvo riendo a la
pista improvisada. Siento un escalofrío, sonrío y sigo bailando con los ojos
cerrados… De repente, necesito alejarme de allí.
-
Entiendo, me dice- ¿a
dónde va?
-
Entro en una
sala con una chimenea, una barra y algunas mesas de madera, vacías. Me acerco a
la barra junto a una mujer mayor y bella, le pregunto que está tomando: unas
hierbas ibicencas. Pido lo mismo y algo con qué escribir. Busco la mesa más
cercana al fuego, aunque no tengo frío. Olfateo la bebida y doy un pequeño
trago, dulce y ardiente al mismo tiempo. Me veo en la mesa muy concentrada.
Escribo sin parar, plasmo mis sensaciones, lo embotado de mis sentidos, el roce
de los cuerpos, aquellos labios de los que hui. Floto y, al mismo tiempo, me
encuentro más enraizada que nunca, más conectada a algo más fuerte que yo.
Tiemblo de placer y lloro.
Es nombrar las últimas palabras y empiezo
a llorar y a llorar. No puedo parar. Todas aquellas lágrimas que he contenido
todo este tiempo brotan como una cascada.
-
¿Quiere que lo dejemos
por hoy? - me dice la responsable de la sesión.
Al verme desconsolada, ella misma se
emociona y las lágrimas le asoman en sus ojos. Empatiza tanto que se levanta y
me va a dar un abrazo porque no soporta ver mi dolor. Pero ahora no quiero
dejarlo y la aparto con suavidad.
No había vuelto a sentir aquella emoción
en mi vida. Ni siquiera recordaba lo que hice con aquel papel. Seguro que lo
perdí en una de mis múltiples mudanzas.
-
Ayer vi publicado lo
que escribí ese día en una revista de un club musical. Era un poema anónimo
titulado “Mi voz hallada” Mi primera canción.
Me levanto y descuelgo el marco de la
pared. Ella me mira en silencio.
-
¿Le importa que ponga
mi CD?
Qué hermoso relato.Descrubes con fuerza y con dulzura un recuerdo mezclado con tus sentimientos.
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