miércoles, 20 de febrero de 2013

Última voluntad


El día que se dio lectura al testamento de Don Antonio López pudo  haber sido el principio del fin de la familia López-Pintado. La convocatoria tuvo lugar en el despacho del difunto, presidido por su descomunal retrato de tres por dos metros.  No faltó nadie a la cita.

El hermano mayor  había madrugado aquel día. En realidad lo hacía siempre. Pero esta vez como era un día especial lo había hecho a las 6 de la madrugada. Llevaba trabajando en la empresa familiar desde que había acabado la carrera, hacía ya seis lustros. Los años se le habían caído encima como una apisonadora. A su debido momento se había casado con la hija de un posible socio de su padre. Luego llegaron los hijos, tres, dos niñas y un niño al que bautizaron con el nombre del abuelo. La tensión alta, el colesterol herencia familiar. Siempre estuvo a su servicio. Por supuesto llegó el primero acompañado de su mujer.

La segunda tuvo que interrumpir sus vacaciones en Nueva York para asistir al funeral de su padre. Aprovechando que estaba en la gran manzana, antes de partir a España, no pudo  resistir la tentación de comprarse un traje negro de Dona Karan, con una pamela a juego. Fue la gran expectación durante el acto. El padre había dejado escrito que quería ser enterrado en el pueblo donde había nacido. Un pueblo perdido en la Extremadura más rural. Cuando la hija llegó a España y se enteró dónde tendría lugar el entierro, entró en cólera, estado que le era  habitual. Finalmente decidió que fuese donde fuese no iba a perder la oportunidad de estrenarlo aunque fuese en el pueblo. Como consideraba que estaba espléndida con él, el día de la lectura  repetía modelo. El marido que permanecía en un segundo plano, no opinaba solo le llevaba las bolsas y pagaba las cuentas.

Los dos pequeños, mellizos, iban un poco por libre. El chico se había sacado la oposición de bombero, vivía en la sierra y  a penas pasaba por casa. Sólo sabían de él cuando su cuenta se quedaba en números rojos.  Una vez al año. Cuando le daba por cogerse un mes de vacaciones y acudir a cuanto desastre natural había en aquel momento en cualquier sitio del planeta. El cuerpo de bomberos voluntarios españoles es de lo más cotizado. Eso sí, una vez allí, y probablemente como consecuencia del estrés y la adrenalina, o tal vez por su encierro habitual en la montaña, surgía en él una irremediable pasión por el juego, las mujeres, el alcohol  y las drogas. Perdía tanto el norte que  su madre, que le tenía bastante consentido acaba cogiendo un avión y yendo en su búsqueda. Volvía a la normalidad hasta que al año siguiente hacía prácticamente lo mismo., pero ahora quién iba a buscarle era su sufrida novia.

La nena de papá siempre pensó que había sido adoptada, aunque era bastante difícil porque  era melliza de un niño que era igual a su padre y ella muy parecida a su madre. Pero como se sentía tan diferente a todos, llevaba años buscando infructuosamente allá donde fuera a su madre y su padre biológicos.  Era la artista de la familia. Pintaba, escribía, cantaba, actuaba. Un poco de todo y mucho de nada. Se unía a todas las causas. La última le había llevado a embarcarse en Rainbow Warrior, el buque insignia de Greenpeace. No se había casado ni tenía ningún interés en hacerlo. Como no solía llevar novio a casa, daban por hecho que era lesbiana. Y ella no lo desmentía porque le gustaba poseer esa aura de misterio.

El albacea testamentario, amigo del padre de la infancia, observaba a todos ellos. Sabía cómo acabaría la jornada e iba percibiendo el tenso ambiente que se respiraba.  

La viuda en el centro no había dejado de llorar desde su llegada.

A una señal de aprobación el albacea dio comienzo a la lectura del testamento:

- “Yo, Antoni López Cuesta, en plenas facultades, que aunque os pese, nunca perdí, declaro como última voluntad que se repartan mis bienes, que tanto me costó conseguir, de la siguiente manera…”

Empezó con sus descendientes. A cada relación de bien con su beneficiario el albacea se tomaba una pausa. Así pudo darse cuenta de que nadie estaba contento. Todos y cada uno de los hijos sentía  que era el menos favorecido del resto. En voz baja la familia política comentaba con sus parejas que parecía que de alguna manera se estuviera el difundo riendo de ellos.

 Al madrugador le había legado una casa de tres plantas sin ascensor al lado de una discoteca de moda. Una granja de cerdos en mitad de Extremadura a la hija glamurosa. Al amante de la montaña le había tocado en suerte un pub de dudosa reputación en la playa. Y finalmente la constructora familiar a la ecologista.
La viuda intentaba apaciguar los ánimos, el albacea pedía continuamente silencio, la beneficiaria de los marranos había abandonado la sala. Y se oyó más de un puño sobre la mesa.

-          - Chicos, no os preocupéis, seguro que es una equivocación. Todo se arreglará. Les dijo la madre.

Se leyó una relación de propiedades y bienes que en derecho recaerían en manos de la viuda: la mansión familiar, el negocio maderero, el paquete accionarial, valorado en los buenos tiempos de la bolsa en varios  millones de euros, que cubría innumerables sectores tales como eléctricas, bancos, materias primas…
A pesar de lo mal que el difunto trataba a su mujer, esta había permanecido a su lado siempre. Le había querido mucho y le seguía queriendo pero cada día soportaba peor su mal humor, sus achaques, sus queridas…Jamás había consultado con ella ningún negocio, ninguna decisión se tomo a medias en esa casa. Todo lo decidió él.  La decoración de la casa, lo que se comía, los gastos corrientes. El servicio tenía orden de no importunar a la señora con sus peticiones y dudas. Así ella se sentía totalmente perdida sin él. Su tiempo lo dedicaba a la Iglesia y labores benéficas. Antes de que falleciera el marido, durante su larga enfermedad, ella se lamentaba continuamente, preguntándole, que haría ella cuando él ya no estuviese a su lado.  

 La viuda escuchaba atentamente al albacea  imaginando  con terror la nueva vida que le esperaba cuando tras una última frase de éste, quedó petrificada. Las lágrimas se le secaron de golpe. Un color granate verdoso tomó su rostro,  las venas del cuello empezaron a hincharse y los ojos parecían a punto de salirse de sus órbitas hasta que finalmente salieron de su boca tres palabras, tres únicas palabras:

-         - Hijo de Puta.

Un silencio denso.

El albacea continúa:

-         - Como iba diciendo…, dejo todas esas propiedades al convento de las hermanas Trinitarias de Cercedilla del Camino, convento de clausura y voto de silencio, en concepto de dote de mi querida esposa. Dado que  ha insistido en mis últimos momentos en “no saber qué hacer sin mí”,…“que la vida ya no tendrá sentido”, y así preocupándome de su futuro, tal y como lo he hecho desde el día en que nos casamos,  le propongo que rece por nuestra familia ya que a partir de hoy le hará mucha falta.  Y sobre todo,  reza por mí.

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