El día que se dio
lectura al testamento de Don Antonio López pudo
haber sido el principio del fin de la familia López-Pintado. La
convocatoria tuvo lugar en el despacho del difunto, presidido por su descomunal
retrato de tres por dos metros. No faltó
nadie a la cita.
El hermano mayor había madrugado aquel día. En realidad lo
hacía siempre. Pero esta vez como era un día especial lo había hecho a las 6 de
la madrugada. Llevaba trabajando en la empresa familiar desde que había acabado
la carrera, hacía ya seis lustros. Los años se le habían caído encima como una
apisonadora. A su debido momento se había casado con la hija de un posible
socio de su padre. Luego llegaron los hijos, tres, dos niñas y un niño al que
bautizaron con el nombre del abuelo. La tensión alta, el colesterol herencia
familiar. Siempre estuvo a su servicio. Por supuesto llegó el primero
acompañado de su mujer.
La segunda tuvo que
interrumpir sus vacaciones en Nueva York para asistir al funeral de su padre. Aprovechando
que estaba en la gran manzana, antes de partir a España, no pudo resistir la tentación de comprarse un traje
negro de Dona Karan, con una pamela a juego. Fue la gran expectación durante el
acto. El padre había dejado escrito que quería ser enterrado en el pueblo donde
había nacido. Un pueblo perdido en la Extremadura más rural. Cuando la hija llegó
a España y se enteró dónde tendría lugar el entierro, entró en cólera, estado
que le era habitual. Finalmente decidió
que fuese donde fuese no iba a perder la oportunidad de estrenarlo aunque fuese
en el pueblo. Como consideraba que estaba espléndida con él, el día de la
lectura repetía modelo. El marido que
permanecía en un segundo plano, no opinaba solo le llevaba las bolsas y pagaba
las cuentas.
Los dos pequeños,
mellizos, iban un poco por libre. El chico se había sacado la oposición de
bombero, vivía en la sierra y a penas
pasaba por casa. Sólo sabían de él cuando su cuenta se quedaba en números
rojos. Una vez al año. Cuando le daba
por cogerse un mes de vacaciones y acudir a cuanto desastre natural había en
aquel momento en cualquier sitio del planeta. El cuerpo de bomberos voluntarios
españoles es de lo más cotizado. Eso sí, una vez allí, y probablemente como
consecuencia del estrés y la adrenalina, o tal vez por su encierro habitual en
la montaña, surgía en él una irremediable pasión por el juego, las mujeres, el
alcohol y las drogas. Perdía tanto el
norte que su madre, que le tenía
bastante consentido acaba cogiendo un avión y yendo en su búsqueda. Volvía a la
normalidad hasta que al año siguiente hacía prácticamente lo mismo., pero ahora
quién iba a buscarle era su sufrida novia.
La nena de papá siempre
pensó que había sido adoptada, aunque era bastante difícil porque era melliza de un niño que era igual a su
padre y ella muy parecida a su madre. Pero como se sentía tan diferente a
todos, llevaba años buscando infructuosamente allá donde fuera a su madre y su
padre biológicos. Era la artista de la
familia. Pintaba, escribía, cantaba, actuaba. Un poco de todo y mucho de nada.
Se unía a todas las causas. La última le había llevado a embarcarse en Rainbow
Warrior, el buque insignia de Greenpeace. No se había casado ni tenía ningún
interés en hacerlo. Como no solía llevar novio a casa, daban por hecho que era
lesbiana. Y ella no lo desmentía porque le gustaba poseer esa aura de misterio.
El albacea
testamentario, amigo del padre de la infancia, observaba a todos ellos. Sabía
cómo acabaría la jornada e iba percibiendo el tenso ambiente que se respiraba.
La viuda en el centro
no había dejado de llorar desde su llegada.
A una señal de
aprobación el albacea dio comienzo a la lectura del testamento:
- “Yo, Antoni López
Cuesta, en plenas facultades, que aunque os pese, nunca perdí, declaro como
última voluntad que se repartan mis bienes, que tanto me costó conseguir, de la
siguiente manera…”
Empezó con sus
descendientes. A cada relación de bien con su beneficiario el albacea se tomaba
una pausa. Así pudo darse cuenta de que nadie estaba contento. Todos y cada uno
de los hijos sentía que era el menos
favorecido del resto. En voz baja la familia política comentaba con sus parejas
que parecía que de alguna manera se estuviera el difundo riendo de ellos.
Al madrugador le había legado una casa de tres
plantas sin ascensor al lado de una discoteca de moda. Una granja de cerdos en
mitad de Extremadura a la hija glamurosa. Al amante de la montaña le había
tocado en suerte un pub de dudosa reputación en la playa. Y finalmente la
constructora familiar a la ecologista.
La viuda intentaba
apaciguar los ánimos, el albacea pedía continuamente silencio, la beneficiaria
de los marranos había abandonado la sala. Y se oyó más de un puño sobre la
mesa.
- - Chicos, no os preocupéis, seguro que es
una equivocación. Todo se arreglará. Les dijo la madre.
Se leyó una relación de
propiedades y bienes que en derecho recaerían en manos de la viuda: la mansión
familiar, el negocio maderero, el paquete accionarial, valorado en los buenos
tiempos de la bolsa en varios millones
de euros, que cubría innumerables sectores tales como eléctricas, bancos,
materias primas…
A pesar de lo mal que
el difunto trataba a su mujer, esta había permanecido a su lado siempre. Le
había querido mucho y le seguía queriendo pero cada día soportaba peor su mal
humor, sus achaques, sus queridas…Jamás había consultado con ella ningún
negocio, ninguna decisión se tomo a medias en esa casa. Todo lo decidió
él. La decoración de la casa, lo que se
comía, los gastos corrientes. El servicio tenía orden de no importunar a la señora
con sus peticiones y dudas. Así ella se sentía totalmente perdida sin él. Su
tiempo lo dedicaba a la Iglesia y labores benéficas. Antes de que falleciera el
marido, durante su larga enfermedad, ella se lamentaba continuamente,
preguntándole, que haría ella cuando él ya no estuviese a su lado.
La viuda escuchaba atentamente al albacea imaginando con terror la nueva vida que le esperaba
cuando tras una última frase de éste, quedó petrificada. Las lágrimas se le
secaron de golpe. Un color granate verdoso tomó su rostro, las venas del cuello empezaron a hincharse y
los ojos parecían a punto de salirse de sus órbitas hasta que finalmente
salieron de su boca tres palabras, tres únicas palabras:
- - Hijo de Puta.
Un silencio denso.
El albacea continúa:
- - Como iba diciendo…, dejo todas esas
propiedades al convento de las hermanas Trinitarias de Cercedilla del Camino,
convento de clausura y voto de silencio, en concepto de dote de mi querida
esposa. Dado que ha insistido en mis
últimos momentos en “no saber qué hacer sin mí”,…“que la vida ya no tendrá
sentido”, y así preocupándome de su futuro, tal y como lo he hecho desde el día
en que nos casamos, le propongo que rece
por nuestra familia ya que a partir de hoy le hará mucha falta. Y sobre todo,
reza por mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario