miércoles, 17 de abril de 2013

Sin palabras

 

Tan sólo hicieron falta 37 segundos de mirada profunda para darnos cuenta de que lo nuestro había llegado a su fin. Y aunque sabía que era lo mejor para los dos, fue imposible poder reprimir mis lágrimas durante semanas.

Entonces un día recordé las historias que me contaba mi abuela, de cuando utilizaban ¡nada menos que las palabras! para resolver conflictos interminables. Suerte que desaparecieron como las muelas del juicio y aquello que llamaban dedo meñique del pie.

 

 

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