Tan sólo hicieron falta 37 segundos de mirada profunda para darnos cuenta de que lo nuestro había llegado a su fin. Y aunque sabía que era lo mejor para los dos, fue imposible poder reprimir mis lágrimas durante semanas.
Entonces
un día recordé las historias que me contaba mi abuela, de cuando utilizaban ¡nada
menos que las palabras! para resolver conflictos interminables. Suerte que
desaparecieron como las muelas del juicio y aquello que llamaban dedo meñique
del pie.
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