Era un día caluroso de finales de agosto del año 79 d.C. Múltiples sacudidas, en los últimos meses, anunciaban la erupción del Vesubio. En un tiempo y un lugar, en que la población, tal vez, veía los rugidos del volcán como la expresión de los Dioses y no como un peligro real.
Cuando finalmente la piedra pómez lo invadía todo, los habitantes de Ercolano bajaron al puerto a esperar la nave que les salvara.
Resguardados en las casetas frente al mar, no vieron la ola de magma de 30 metros que emergía a sus espaldas. Sus huesos quedaron atrapados en aquella última morada eterna.
En la vecina Pompeya, sin embargo, la primera explosión y la evolución de la erupción hizo todo lo vivo y biológico, polvo. Dejando un hueco, como si pudiera verse el negativo del alma al vaciarlo en yeso.
@ Scavi di Ercolano, Herculaneum
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