Sam no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de
un desastre, pero sí sabía que aquel día cambiaría su vida para siempre. Y
no solo la suya, la de su familia, amigos, los pueblerinos que inundaban su
barrio, los políticos que había mirado para otro lado, las cenicientas que
habían huido del baile, los rinocerontes que habían escapado de la cacería, los
pingüinos que tontamente hacían reír a los payasos, los berberechos con salsa
llenado el gaznate de los parroquianos, las perlas esparcidas en tierra, la
música desparramada a los oídos de los valientes que se paraban a escuchar.
Todos cambiarían para bien o para mal. Solo que nadie lo sabía. Nadie. Nadie excepto
Sam. Se había convertido de la noche a la mañana en el Anticristo
esperado por aquella minoría de fanáticos que lo invocaba noche tras noche, en aquellas
absurdas veladas satánicas.
Sin embargo, aquel anticristo lo único
que quería, era vivir en paz y no realizar su misión. La pereza lo invadía. Y
no sólo la pereza. El saber que sería adorado por algunos pocos, pero, sobre
todo, temido y odiado por muchos otros, era superior a sus fuerzas. Él que
hacía todo lo posible por gustar a los dos demás. El solo hecho de pensar que
no lo querrían, que no lo admitirían en sus grupos, que le mirarían mal, le
ponía de los nervios. No le gustaba caer mal a la gente, ¡caramba!, ¿Cómo iba a
convertirse en juez de la humanidad? No,
había decidido que no quería seguir su camino,
que él no había nacido para eso, que era amigo de la no violencia,
seguidor de Gandhi y no estaba dispuesto a ser el responsable de guerras y
martirios.
“Imagínate pensar que yo mismo he
iniciado el Apocalipsis, cómo iba a ser el responsable de eso, jamás, que esperen,
total todavía había tiempo, ¿no?, que mas da unos miles de años más. O que se
encargue otro ¿Por qué tengo que hacerlo yo?. No, no quiero, me niego… y sin
embargo…, que te escuchen no está mal de todo, imagínate, miles, que digo
miles, millones de personas, prestándome atención, atención plena para mí, mmm,
eso sí me gusta. Y además haciendo todo lo que yo les mande. Bueno, un poco de sacrificio no está mal, no
seas egoísta. Pensándolo mejor, igual uno no puede escapar a su sino. Pero lo
hago por los demás, que quede claro. Me sacrifico como mi antecesor por la
Humanidad. Incluso… imagínate que consigo que lo olviden y sólo yo sea
recordado y alabado. En fin, lo que tiene que hacer uno. Cúmplase
mi destino”
Se dirigió a su escritorio, no
conseguía encontrar nada en aquel desastre. Metió una mano, luego la otra y por
fin dio con él. Entonces abrió el primer sello.
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