Se protegía ferozmente pues poseía un corazón de cristal, muy frágil, muy delicado. Permanecía aislada la mayor parte del tiempo, salvo algunas pequeñas incursiones al exterior. En las cuales retrocedía de inmediato a su escondrijo al primer atisbo de grieta. Una simple grieta en aquel corazón de cristal podría hacerlo añicos.
Pero una persona no puede estar siempre escondida., Incluso si así fuera, el Peligro acudiría en su búsqueda. No hay nada más atractivo para el Peligro que alguien que huye. Y así fue. Un día entró en su escondite sigilosamente con aspecto inocente y ella no opuso resistencia alguna, por primera vez. Fue bonito mientras duró. Pero nada es eterno y un día aquella historia llegó a su fin.
Ella creyó morir. Su corazón se hizo pedazos. El sentimiento de fracaso, de abandono, los remordimientos (…y si hubiese hecho aquello,… y si no hubiese hecho lo otro) no la dejaban ni respirar. Se culpaba insistentemente de haberse dejado engañar, de no haber sido capaz de prever aquel triste final, de haber bajado sus defensas, de haber confiado en alguien que ahora veía que no se lo merecía….
Cristales y reproches le rodearon varios meses ocultándole la realidad.
Aun tardaría un tiempo en darse cuenta de que seguía viva. Que bajo aquel corazón de cristal latía uno más fuerte, hecho de carne y músculos. Un corazón con el que podría sentir. Sentir tanto el amor como el dolor. Podría disfrutar y sufrir enormemente. Y a diferencia del otro tan frágil éste tenía la capacidad de rehacerse.
Solo que, a veces, una pierde parte de su vida coleccionando cristales rotos, y necesita un tiempo para darse cuenta de que existe ese otro corazón.
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