lunes, 18 de octubre de 2010

Lo siento, no tengo nada.

LLevaba dos noches durmiendo en el túnel que cruza Castellana a la altura de Colón. Siempre es mejor que dormir al raso, pensó Caridad. Hacía mucho tiempo que nadie la llamaba de ese modo. El nombre se lo había puesto su madre el día que le recogió de la Maternidad. Y aunque nunca le explicaron cuál era su procedencia, su madre imaginaba que debía de tratarse de una joven soltera y que su "caridad" había logrado convertirles, a ella y a su marido, por fin, en padres. Caridad necesitaba urgentemente pasar una noche a resguardo y descartada la alternativa del albergue, tras el último incidente, gastó su último euro en la taquilla del metro.Preparó su discurso mientras bajaba dos tramos de escalera mecánica, intentando ignorar las miradas de compasión, asco incluso odio que despertaba a su alrededor. Respirró hondo y se introdujo en el último vagón.

Amor intentaba concentrarse en la página 280 del último best-seller de moda. Era el tercer libro que devoraba en las últimas semanas. Una maravillosa vida de ficción para no hacer frente a su propia vida. De casa al trabajo, del trabajo a casa. Y en su mirada solo palabras ajenas, para poder olvidar que no era feliz. Hasta que algo le hizo volver a la realidad.

-...siento molestarles...Estoy embarazada y duermo en la calle...les agradecería una ayuda para poder dormir esta noche a cubierto.
Caminó lentamente hasta el final del vagón con la mano extendida y con una mirada mezcla de resignación, necesidad, pero, sobre todo, escepticismo. No les ha llegado, pensó.

Amor sintió un pinchazo en el centro de su pecho. Era hija de una madre soltera que había tenido que abandonar el pueblo e instalarse en la capital debido a los continuos insultos, acosos y preguntas. El nombre de su hija fue su única respuesta. Amor. Nunca prestaba atención a los múltiples limosneros que recorrían el metro, pero aquella figura frente a ella le perturbó intensamente. Su rostro consumido, su extrema delgadez, el cabello largo, sucio y desgreñado, sus agujereadas zapatillas Victoria. Recorcordaba haber tenido unas iguales hace mucho tiempo, y esa gran barriga...todo ello disparó sus pensamientos;
-¿Falsa?, imposible, es demasiado perfecta...seguro que es yonki...¿de cuánto debe de estar?...siete u ocho meses...!qué fuerte!.

Caridad aminoró su marcha al sentir que alguien le prestaba atención. Era una chica joven, con unas gafas de pasta que le daban un aire intelectual, una espesa melena negra, muy brillante, impecablemente recogida y en sus orejas y cuellos tres corazones plateados. Aunque nadie lo hubiese dicho, tenían la misma edad. Treinta y dos años.- Con ese abrigo, seguro que no pasaría frío,... y esas botas...como puede tener una mirada tan triste con todo lo que tiene...

Amor hizo mentalmente un recuento de lo que tenía en el monedero. No quería abrir el bolso por temor a los dos hombres que de pie, frente a ella, llevaban un buen rato observándole. -mmm...10 euros, si, sólo llevo 10, cobramos mañana pero me quedan dos cigarros. Si tuviera unas monedas..., bueno, seguro que alguien más le da. Consideró. Echó un vistazo rápido al vagón y descubrió que la veintena de personas que le rodeaban dirigían su rostro hacia cualquier otro lugar, con tal de no convertirse en estatuas de sal.  A su lado, una mujer de mediana edad se entretenía riñendo a su hija, -!Deja de morderte las uñas, y ponte bien el jersey que pareces una pordiosera! Una pareja disfrutaba de su amor al final del vagón. Una joven ecuatoriana acunaba a su bebé mientras vigilaba por el rabillo del ojo a sus otros tres retoños. En frente, dos mujeres jovenes que ni siquiera levantaban la vista de sus libros. Nadie a su alrededor parecía querer ayudarle.

Caridad, por un momento, olvidó su escepticismo. Estaba casi segura de que le iba a dar algo...Pero Amor blindó su mirada y esbozando una media sonrisa le dijo:
-Lo siento, no tengo nada.
Y abrió el libro por unos segundos olvidado y se puso a leer, concentrándose firmemente en escapar de aquel sentimiento de culpa.

Las puertas del vagón se abren y una mujer cabizbaja lo abandona, un pinchazo en su vientre le hizo buscar asiento, -solo unos minutos de descanso, aseguró. Recordó las palabras de la asistente social
-¿Eres consciente de que no te vas a poder hacer cargo de este este niño cuando nazca?
- Pero....(Durante unos segundos estuvo buscando argumentos que pudieran rebatirle...pero no los encontró)...solo quiero tenerlo...Fueron sus únicas palabras. Por eso no había vuelto a poner los pies en el albergue.

La lectura no era suficiente para que Amor consiguiera olvidar a esa mujer. La imagen de un niño tirado en un contenedor, la noticia de una indigente muerta en la calle...golpeaba su cabeza. Había visto como se recostaba en un banco del andén de Alonso Martínez..., así que cuando el vagón se paró en San Bernardo decidió salir y dar la vuelta. El trayecto entre las dos paradas se le hizo eterno, y se sentía viva como no lo había estado en mucho tiempo. Alonso Martínez. Esperó a que el vagón saliera para poder ver el andén contrario. Y allí estaba ella, todavía recostada en el banco. Recorrió el camino que separa a ambos andenes corriendo; se acercó a la mujer, abrió su bolso, le costaba ver el monedero entre aquel barullo de cosas, metió una mano, después la otra para darse cuenta de que el monedero había desaparecido.

Caridad se sobresaltó al ver aquella mujer corriendo hacia ella, le sonaba, pero veía a tanta gente a lo largo del día...Sentía un dolor agudo en la parte baja, cada vez más intenso hast que no pudo reprimir un grito. Agarró con fuerza la mano de Amor y empezó a respira hondo.
-LLamad a un médico.

Amor tuvo unos segundos de pánico y estuvo tentada de huir pero sin saber cómo se encontró, de repente, dando órdenes a resto de los transeuntes,
 - Colóquenle algo bajo la cabeza,... apártense, necesita aire...
Le arrebató a una niña su botella de agua y sacando unos pañuelos de su bolso, empezó a enjugar la sudada frente de caridad.
A los quince minutos llegaba el SAMUR, con el niño a medio salir. Amor no preguntó a dónde se la llevaban, ni siquiera cómo se llamaba. Todavía estaba en esta de shock cuando después de cuatro paradas y un bus llegó a casa y descubrió su monedero en la mesa del comedor.

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¿Qué es para mí la escritura?

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