Desde hace un tiempo presido la
sala de estar. Pero no siempre tuve ese lugar privilegiado. Antes estuve
escondido bajo su almohada, en el cajón de su mesita de noche o como punto del
libro de turno. Era de lo más entretenido esta última función. Aunque la
verdad, no me hacía una idea de lo que trataban realmente esas novelas, así que
me las imaginaba. Leía con tal voracidad que a veces sólo me colocaba en un par
de ocasiones por libro. Y solía cambiar mucho, mucho de historias. Así es imposible hacerse una idea, ¿no? Había encontrado
en alguna que otra ocasión una página húmeda, intuía que por una lágrima
perdida. ¿Por quién serían aquellas lágrimas?, ¿Por las historias? La verdad es
que no eran especialmente tristes, bueno, lo que yo podía leer, ¿por la vida
que le había tocado vivir? ¿la guerra?, ¿la pérdida de sus padres? ¿de sus
hermanos? ¿por aquel marido que un día la dejó viuda, todavía joven? Durante
años no podía dejar de pensar en otra cosa.
Ahora estoy frente a ella. En este magnífico sitio al que llegué cuando la vista ya no le daba de sí y pocos
libros caían en sus manos. La veo recostada al atardecer, con las agujas de
punto caídas sobre su regazo, alargando la siesta mas de lo que le conviene. Suele
pasar las noches en blanco. Recuerda su juventud, sobre todo su juventud. Sus
bailes y sus bordados. Aquel primer novio que se fue a América. Sus sueños incumplidos. El marido imaginado que tuvo poco que ver con la realidad. Los hijos que
vendrían y vinieron, alguno se fue. No así la hija que siempre deseó y el
destino le negó. Como en un ritual repetido hasta la saciedad, poco a poco se
va despertando. Se asusta con las agujas que a veces se le caen. Recompone su
aspecto, retira la saliva de la comisura de su labio y mira hacia mí.
Sí, el día que me colgó en esa
pared entendí aquellas lágrimas misteriosas.
Para Matilde y Bernardo
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