Parecería que uno en esta ciudad no pudiese más que dirigir sus ojos hacia el cielo: hacia sus magníficos palacios, sus numerosas iglesias y la historia reflejada en las ruinas con las que tropiezas en cada momento. Pero tras días recorriendo sus calles, el cansancio hace mella y uno empieza a mirar hacia el suelo. Se rinde a la ciudad y entonces, esta, le muestra sus otras historias. Descubres decenas de placas como estas bajo los portales de la Via Arenula, la calle que cerraba el Gheto Judío. Y el corazón se va encogiendo a cada paso.
Porque escribir es un placer y el tiempo es oro. Historias en forma de relatos, microrrelatos, ensayos de arte, teatro, microteatro, viajes y lo que se me ocurra...
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martes, 28 de julio de 2015
domingo, 24 de febrero de 2013
Hasta mañana
Apostada
junto a la puerta, Catherine trataba de localizar una tumbona a la sombra en la
cubierta de estribor del barco. Encontró una sin ocupante escondida tras una
larga hilera de a dos. Estaba, tal vez, demasiado lejos, pero se armó de valor y se puso en camino.
Esa
extraña forma de recorrerlo dando pequeños pasos laterales con la espalda y los
brazos pegados a la pared y la mirada cubierta con una lentes tintadas,
clavada en el suelo, obtuvo irremediablemente la atención del resto de los pasajeros.
La pareja de recién casados que por un
instante dejó de hacerse arrumacos; una nodriza, sentada junto a su ama entretenida
en una revista de moda, observando las carreras de dos niños de unos siete y
cinco años. Una anciana acomodando una gruesa manta sobre el regazo de su
marido, aun más anciano. Dos hombres de mediana edad leyendo la prensa y
comentando las noticias que llegaban del
viejo Continente. Todos observaban con curiosidad a aquella joven vestida de
negro de cabello largo y oscuro, extremadamente
pálida. Pero Cathy, como la llamaba su familia, estaba tan concentrada
en llegar a su destino que ni siquiera podía darse cuenta de la expectación que
causaba a su paso. Finalmente tomó asiento.
El cuarto día de navegación había amanecido nublado
y el mar estaba en calma tras su tormentosa partida del puerto de Southampton. Aquel
mes de abril de 1912 estaba siendo afortunado para a ella. Como huía del sol, a
causa de la xeroderma pigmentosum, una enfermedad grave producida por los
rayos solares, apenas podía frecuentar la cubierta. Y como era su primera travesía
agradecía un día totalmente nublado para poder disfrutar de la
brisa marina.
Abrió
su libro y el marcador señaló la página abandonada el día anterior. Página 131.
Aquella novela de Oscar Wilde, el escritor maldito, le mantenía en vilo desde
antes de su partida. Así que se acomodó en la tumbona y se dispuso a iniciar un
viaje junto a su protagonista, llamado Dorian Grey. Había retirado este junto a
otros cuatro libros, a hurtadillas de la
biblioteca de su familia. Permanecía horas encerrada en aquella estancia
perdiendo la noción del tiempo, incluso del espacio. Creía vivir como una
realidad cada una de las historias que caían en sus manos. Así ni siquiera se
percató que una camarera había permanecido casi diez minutos frente a ella para
averiguar si deseaba tomar un refrigerio, cansada de esperar finalmente
desistió.
De
repente sintió una leve caricia en el pie derecho e involuntariamente cerró los
ojos. Respiró profundamente. El libro cayó de sus manos. Su cuerpo se
estremecía mientras un tímido suspiro salía de sus labios. Fue un instante nada
más y nada menos.
Pero cómo no sabía cómo definir lo que le pasaba,
ya que jamás lo había vivido con anterioridad, empezó a buscar palabras en su
atestada memoria que pudieran expresar perfectamente aquella experiencia. De
tal manera que aquella agradable sensación se convirtió pronto en algo
irritable y desesperante para alguien que como ella necesitaba tenerlo todo
catalogado.
Los
ojos que habían permanecido cerrados unos instantes se abrieron para descubrir
algo terrorífico. Su pie se hallaba iluminado por aquello que podía acabar con
su vida. Bruscamente lo retiró doblando las rodillas hacia su vientre.
Así
estuvo un par de minutos, en silencio, oyendo su respiración entrecortada.
Paralizada por el miedo. Reflexionando acerca de aquel peligro que acababa de
sortear. Su imaginación volaba hacia sus peores temores. ¿Y si no se hubiera
dado cuenta? ¿Y si se hubiese quedado dormida? ¿Así es como su triste vida
había de acabar? ¡Tanta precaución que tenía siempre! Y las lágrimas, a pesar
del esfuerzo por contenerlas, salieron
en tromba al exterior. Sollozaba intensamente, no sólo por lo que acababa de
ocurrir, lloró por todo lo que no había llorado en su vida.
Poco
a poco fue calmándose. Miró su pie. Lo inspeccionó una y otra vez. Pero no
había cambios en el. Todavía no se había enrojecido ni siquiera aumentado de
volumen. No había marcas en él. Todavía no. Pero las habría.
Permaneció
quince interminables minutos investigando cada centímetro del empeine de su pie. Por un momento creyó ver
un cambio de color bajo el dedo pulgar pero no fue más que una alucinación.
Entonces
dudando de aquello en lo que había creído durante toda su vida pensó que tal
vez se había curado. Pero al instante desechó ese pensamiento. No. Esto tenía
que tener alguna explicación.
Siguió
mirando y mirando su pie, hasta que un pensamiento empezó a tener más peso que
el resto. ¿Y si nunca hubiese estado enferma?
No
recordaba ni un minuto de su vida en el que el sol le hubiese acariciado. No. No
podía ser.
Revisó
uno tras otro sus recuerdos.
De niña viendo jugar a sus hermanos en el
columpio del jardín tras una ventana. Las cortinas de terciopelo marrón que
cubrían las ventanillas traseras de la calesa familiar. La oscuridad perpetua que
reinaba en su hogar. El no haber podido
asistir al colegio como el resto de hermanos y primos. Su aspecto enfermizo,
casi como un fantasma. Pero sobre todo lo feliz que se sentía en los días de lluvia
en que aprovechaba para salir a la calle a pasear.
No
tuvo tiempo ni de pensarlo, como un resorte sus piernas se estiraron a lo largo
de la tumbona. Ahora el sol alcazaba hasta sus rodillas. Sus manos no dejaban
de temblar. Sentía miedo pero no tenía ninguna intención de dejarse vencer por
él. La aventura acababa de empezar y ni
sus dudas ni nada le harían retirarse. Poco a poco empezó a relajarse y
disfrutar de aquella sensación que un rato antes había experimentado.
Aquello
duró un par de horas, finalmente el sol desapareció por el horizonte hacia su
descanso.
Catherine
observando a su nuevo amigo con una sonrisa y casi susurrando le dijo.
-
Hasta mañana
Y
corrió por la cubierta en busca de sus
padres, fue a la sala de lectura, pero
no encontró allí a su madre, de camino a la sala de fumadores, en busca de su
padre, atravesó la suntuosa escalinata de la cubierta A. Dejó de ver todo
aquello como una amenaza. Y empezó a disfrutar por primera vez de aquel barco y
del viaje que le llevaba hacia América. No sabía por dónde empezar, como
enfocar la conversación. Pensando en todo lo que tenía que contarles. Como una nueva vida empezaba
para ella. Se acabó el huir y el esconderse. La debilidad y el miedo. Todo eso
lo había dejado atrás. Aquel barco que tanto había odiado se había convertido
en su salvación, se dijo a si misma que recordaría siempre su nombre. Titánic.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Esos brazos tan fuertes
¡Qué
guapo es! Y que bien le sienta ese jersey azul. ¿Dónde habrá dejado a sus
amigos hoy? Deja de vigilarle que estos
dos acabarán dándose cuenta.
-
Bueno nos vemos mañana. Digo a María y a
Pedro, compañeros de instituto.
-
Mañana no trabajo, dice Pedro con
recochineo.
-
¡Qué suerte! , yo sí. Voy a tener un día
terrible. Entre tutoría y clases me voy a tirar todo el día en el insti. Estoy
deseando que lleguen las vacaciones de
Navidad. Dice María.
El me mira de reojo. ¡Qué gracia! Parece tímido.
Igual me está esperando.
-
Bueno, pues te veo a ti. Pedro, disfruta del día libre.
-
Escucha, ¿Vas a ir a la cena del sábado?
dice María.
¡Es
alto!, ¿cuánto debe de medir? Creo que está en el equipo de baloncesto. ¡Qué
brazos tan fuertes!
-
¿Perdona?, digo
-
¿Qué si vas a ir a la cena del sábado?
Si tú vas me apunto. Pero sino paso.
-
No sé. No lo he decidido todavía.
Se
va. Claro ésta no para de hablar. Tengo
que hacer algo.
-
Venga, apúntate.
No
seas tan exagerada, que María se va a dar cuenta. Y lo conoce bien que lleva ya
dos años en su clase. Ese gesto con la mano ha sido demasiado arriesgado.
-
Vale, vale, lo que tú quieras
Bueno,
por lo menos lo ha entendido. Y ya no se va.
-
Perfecto, entonces ¿sacamos tu coche o
el mío?
¡Madre
mía!, no se callará.
-
No sé, mira lo decidimos mañana. ¿te
parece?
-
Hija, que prisas tienes hoy.
Se
acabará enterando. Contrólate un poquito, guapa.
-
Es que tengo que hacer cosas. Lo siento.
-
Vale, vale, no te preocupes. Hablamos
mañana entonces.
¿Y
esa joven con la que habla ahora?, me suena. Anda, ¿Pero esa no es alumna mía?
-
Hasta mañana.
Ahora
no puedo quedar sola aquí como una tonta.
-
María, espera, no te vayas, quiero preguntarte algo…
-
Dime
¿Y
si había quedado con ella? Igual es su novia. No parece gran cosa, la verdad.
-
… pues se me ha olvidado lo que te
quería preguntar.
-
Tía, estás fatal.
-
Sobrina, ya lo sé.
-
Es que me cuesta quitármelo.
¿Ese
beso? ¿Ha sido en la mejilla o en la boca? Desde aquí no veo nada, me tapa la
farola. Habrá que cambiarse de sitio. Desde el coche de María seguro que lo veo
todo mejor.
-
Te acompaño al coche.
-
¿Y lo que me querías preguntar?
-
Ya lo recordaré. No debe de ser muy
importante
.
Mi
alumna se va. Se queda solo. Corre. Ahora o nunca.
-
¡Qué lejos, mi coche! Adiós.
-
Vale, vale, no hay quien te entienda
hoy.
Tengo
el corazón a cien por hora. El parece que también. Se está poniendo colorado. Y
yo. Ya solo quedan una decena de metros. No puedo dejar de sonreír. ¡Que boca
tan bonita! ¡Qué calor! Tengo que
quitarme esta chaqueta que me voy a asfixiar. Para. ¿Pero qué haces? Seguro que
María ha notado algo. Me estoy volviendo loca. No está el patio como para
jugarte el trabajo. ¡Y el claustro!, me
imagino sus caras. Ya me veo en las portadas de todos los periódicos. “Profesora
de literatura y lengua española pederasta seduce a su alumno”… ¿Pero qué dices?
Pero sí no es ni mi alumno y ya tiene dieciocho años. Se me está yendo la
cabeza. No es para tanto. Somos dos adultos. Además mira cómo está. Mira esos
brazos, ¿Hace cuanto no te latía el corazón de esa forma? Eso querrá decir algo. Es una señal. Me
sonríe. Me encanta. Ya estoy aquí. y
ahora qué?.
-
Hola. Digo
-
Hola. Dice él.
La
tensión sexual que se respira es bestial. Si esto fuera una película nos
desnudaríamos aquí mismo. Pero es el aparcamiento del instituto. Deja de
reírte. ¿Qué le digo?, ¿le propongo ir a mi casa? O dónde él desee, pero que
sea cerca. ¿Qué hace? Pasa el dedo índice suavemente desde mi mano pasando por mi
muñeca, el codo, hombro, clavícula, cuello y finalmente mis labios.
-
Vamos a mi casa. Digo.
-
Tía, como mola que tengas nido; ej que he quedao con mi vieja pa sacarle unos
pantacas nuevos. Pero mañana seguro de que puedo,… no te me vayas a enfriar, eh?
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