miércoles, 17 de abril de 2013

Escondidas

Desde el principio de los tiempos las Musas susurraban al oído de los humanos historias maravillosas.

Pero  un día,  un prestigioso escritor declaró que todo estaba inventado  y, tras él, otros muchos  alzaron la voz para asegurar que Clío y sus compañeras habían dejado de  ejercer su labor.

No podía ser verdad.  Las musas se reunieron en el Monte Helicón y al abrir la cueva de dónde habían salido Hamlet, Fausto o el Quijote, descubrieron, aliviadas, que estaba repleta de personajes. Eran las grandes mujeres que habían estado esperando pacientemente y ya era hora de que viesen la luz.


Ni siquiera el reintegro

 

Como tantos otros jueves, Antonio ha jugado a la primitiva. Aunque nunca le ha tocado nada, bueno, una vez un reintegro. El trayecto de este viernes, como cada viernes, hacia la administración de lotería es un repaso de sus sueños. ¿Cómo mandará a la mierda a su jefe?, ¿Cómo dedicarse a la jardinería, aunque solo fuera por placer? ¿Cómo quitarse todos aquellos créditos de encima que le están ahogando, el coche, la tele, el jacuzzi, el viaje de las Navidades, la barquita? Se imagina viviendo en el Caribe, tranquilamente, sin ataduras, ni siquiera su mujer tiene cabida en el sueño. Espera pacientemente a la cajera, ésta le sonríe y le dice:

 - No, no hay nada. ¿La misma combinación para el jueves que viene?

Sin palabras

 

Tan sólo hicieron falta 37 segundos de mirada profunda para darnos cuenta de que lo nuestro había llegado a su fin. Y aunque sabía que era lo mejor para los dos, fue imposible poder reprimir mis lágrimas durante semanas.

Entonces un día recordé las historias que me contaba mi abuela, de cuando utilizaban ¡nada menos que las palabras! para resolver conflictos interminables. Suerte que desaparecieron como las muelas del juicio y aquello que llamaban dedo meñique del pie.

 

 

Aquella cosa


Desde la habitación de su hermanita Joan espiaba al resto de los pacientes. Escondido tras las cortinas veía, en la habitación del otro lado del patio, a un señor muy raro lleno de tubos sacando la cabeza por la ventana y rodeado por un aire  blanco, lo mismo que cuando su padre salía al balcón.

En la habitación que estaba a su derecha, un hombre y una mujer se gritaban palabras que nunca había escuchado, herencia,  notario, robar, desgraciada. Y a la izquierda  un balcón todavía más lleno de flores que el suyo.

Lo de fuera era mucho más interesante que aquella cosa que estaba en brazos de su madre, solo lloraba y había tenido que  besar dos veces.


jueves, 7 de marzo de 2013

¿Qué van a pensar de mí?


No se sabe cómo pero un día Berta empezó a no poder conciliar el sueño. Le costaba horrores dormirse y cuando por fin lo conseguía, al cabo de un par de horas, se despertaba aterrada sin recordar el motivo.
Valerianas y tisanas varias empezaron a aparecer en su mesita de noche. Aunque no parecían hacerle  efecto. Cada día se sentía más cansada y con menos ganas de hacer cosas. Se decía a si misma que la causa podía ser el cambio de estación o que le faltaban vitaminas o cualquier otra razón tangible. Hasta el día en que su compañera de trabajo en el Ministerio de Sanidad y Consumo, con la cual compartía cubículo desde hacía más de veinte años, le preguntó si se encontraba bien. A un “bien, gracias” le acompañó un sollozo intenso.
No quería mostrarse débil ni sentimental en el trabajo, “¿qué van a pensar de mi?, se decía. Así que de alguna manera conseguía permanecer serena las horas laborales y cuando el llanto le apretaba la garganta se encerraba unos minutos en el baño.
 Todo el mundo a su alrededor parecía conocer a alguien que estaba pasando por lo mismo. Aunque a ella eso no la reconfortaba. Le aconsejaron que hiciera ejercicio físico pero nadie sabía el esfuerzo titánico que suponía salir de la cama o ducharse por las mañanas.
Lo único que parecía conectarle a la vida era su jardín.  Vivía en un pequeña planta baja con 25 metros cuadrados de tierra para cultivar. No estaba en su época más esplendorosa pero le dedicaba las pocas fuerzas que le quedaban.
En sus mejores momentos quitaba malas hierbas, abonaba con los posos de café de la mañana, realizaba injertos en los rosales, podaba enredaderas y aromáticas, luchaba tenazmente contra las plagas, pero sobre todo, le gustaba regar de manera manual, con manguera y regaderas de todos los tamaños.
 Una tarde de sábado de mediados del mes de diciembre estaba trabajando en su vergel cuando, de repente, por encima de la tapia donde crecía la buganvilla amarilla, que separaba su terraza  de la calle, se  paseó tranquilamente un gato. Exactamente una gata de tamaño mediano tricolor. Con manchas negras y caramelo sobre fondo blanco. En mitad de la tapia la gata había quedado sentada sobre sus posaderas y se relamía las patas delanteras. La propietaria de aquel jardín empezó a realizar todo tipo de sonidos, shi, shiiii…psi, psi…nada, la gata ni se inmutaba. - ¡Que poca vergüenza!,- dijo en voz alta y   entonces, sin pensarlo,  dirigió la regadera hacia arriba, empezó a sacudirla como una loca y la gata salió volando.
Durante el domingo se repitió la misma historia. El lunes la gata tomó posesión de la mesa del jardín. También fue su morada el martes, y el miércoles. Ella no lo podía permitir pero apenas le quedaban fuerzas para expulsarla.
Al quinto día, jueves, 18 de diciembre, desistió de su lucha. Cada vez se sentía más débil. Al ver a la gata continuó podando tranquilamente un pequeño limonero, eso sí, controlando al animal por el rabillo del ojo. Ese día, consultando el santoral, le puso nombre a su intrusa, Hope.
El viernes se desmayó en el trabajo haciéndose una pequeña y profunda brecha y acabó en urgencias. Su aspecto físico se había deteriorado mucho. Había perdido unos 5 kilos, y a ella nunca le había sobrado demasiado peso.  Incluso en sus mejores momentos su madre le decía a todas horas que con un par de kilitos de más estaría la mar de mona.  A su afilada mandíbula le acompañaban ahora unos huesudos pómulos y unas enormes ojeras negras.
De urgencias le enviaron a su médico de cabecera al cual explicó sus problemas para conciliar el sueño y su profunda tristeza. Un diagnostico rápido de “Depresión”. Le dieron una receta de prozac y la enviaron a casa.
Esa misma noche ya metida en la cama y  tras tomarse la medicación oyó  el llanto de un bebé, un gemido insistente y desgarrador. Imaginó a una madre depositando a su criatura recién nacida  en el contenedor que había tras aquellos muros. Intentaba conciliar el sueño  pero en cuanto cerraba los ojos la escena de un niño casi desnudo cubierto de basura  y a merced del frío aparecía una y otra vez. Salió al jardín y buscó de dónde procedía aquel lamento. El llanto se intensificaba tras el muro que daba a la casa del vecino de la  izquierda. Intentó ver a través del brezo que separaba ambos jardines. Nada. Estaba demasiado oscuro. Cogió la escalera grande. La apoyó en el muro. Subía tambaleándose porque la pastilla ya le había empezado a hacer efecto. Llegó a lo más alto. A punto estuvo de caerse. Tuvo que acomodar la visión a aquella oscuridad para localizar al bebé. En su lugar encontró a Hope y a otro gato de color blanco sobre ella.
 El sábado pasó por una tienda de animales compró una casita para gatos de madera de teka con gatera y escalera que daba acceso a otro piso y  la instaló en el lugar  más fresco de su jardín.
  A Hope le costó poco habituarse a su nueva morada, aunque tampoco se quedó mucho tiempo. En su lugar, dejó tres crías muy ruidosas y un sueño profundo para la dueña de la casa. 

domingo, 24 de febrero de 2013

Hasta mañana


Apostada junto a la puerta, Catherine trataba de localizar una tumbona a la sombra en la cubierta de estribor del barco. Encontró una sin ocupante escondida tras una larga hilera de a dos. Estaba, tal vez, demasiado lejos, pero se armó de valor y se puso en camino.
Esa extraña forma de recorrerlo dando pequeños pasos laterales con la espalda y los brazos pegados a la pared y la mirada cubierta con una lentes tintadas, clavada en el suelo, obtuvo irremediablemente la atención del resto de los pasajeros.
 La pareja de recién casados que por un instante dejó de hacerse arrumacos; una nodriza, sentada junto a su ama entretenida en una revista de moda, observando las carreras de dos niños de unos siete y cinco años. Una anciana acomodando una gruesa manta sobre el regazo de su marido, aun más anciano. Dos hombres de mediana edad leyendo la prensa y comentando  las noticias que llegaban del viejo Continente. Todos observaban con curiosidad a aquella joven vestida de negro de cabello largo y oscuro, extremadamente  pálida. Pero Cathy, como la llamaba su familia, estaba tan concentrada en llegar a su destino que ni siquiera podía darse cuenta de la expectación que causaba a su paso. Finalmente tomó asiento.
 El cuarto día de navegación había amanecido nublado y el mar estaba en calma tras su tormentosa partida del puerto de Southampton. Aquel mes de abril de 1912 estaba siendo afortunado para a ella. Como huía del sol, a causa de la  xeroderma pigmentosum, una enfermedad grave producida por los rayos solares, apenas podía frecuentar la cubierta. Y como era su primera travesía agradecía un día totalmente nublado para poder disfrutar de la brisa marina.
Abrió su libro y el marcador señaló la página abandonada el día anterior. Página 131. Aquella novela de Oscar Wilde, el escritor maldito, le mantenía en vilo desde antes de su partida. Así que se acomodó en la tumbona y se dispuso a iniciar un viaje junto a su protagonista, llamado Dorian Grey. Había retirado este junto a otros cuatro libros, a hurtadillas  de la biblioteca de su familia. Permanecía horas encerrada en aquella estancia perdiendo la noción del tiempo, incluso del espacio. Creía vivir como una realidad cada una de las historias que caían en sus manos. Así ni siquiera se percató que una camarera había permanecido casi diez minutos frente a ella para averiguar si deseaba tomar un refrigerio, cansada de esperar finalmente desistió.
De repente sintió una leve caricia en el pie derecho e involuntariamente cerró los ojos. Respiró profundamente. El libro cayó de sus manos. Su cuerpo se estremecía mientras un tímido suspiro salía de sus labios. Fue un instante nada más y nada menos.
 Pero cómo no sabía cómo definir lo que le pasaba, ya que jamás lo había vivido con anterioridad, empezó a buscar palabras en su atestada memoria que pudieran expresar perfectamente aquella experiencia. De tal manera que aquella agradable sensación se convirtió pronto en algo irritable y desesperante para alguien que como ella necesitaba tenerlo todo catalogado.
Los ojos que habían permanecido cerrados unos instantes se abrieron para descubrir algo terrorífico. Su pie se hallaba iluminado por aquello que podía acabar con su vida. Bruscamente lo retiró doblando las rodillas hacia su vientre.
Así estuvo un par de minutos, en silencio, oyendo su respiración entrecortada. Paralizada por el miedo. Reflexionando acerca de aquel peligro que acababa de sortear. Su imaginación volaba hacia sus peores temores. ¿Y si no se hubiera dado cuenta? ¿Y si se hubiese quedado dormida? ¿Así es como su triste vida había de acabar? ¡Tanta precaución que tenía siempre! Y las lágrimas, a pesar del esfuerzo por contenerlas,  salieron en tromba al exterior. Sollozaba intensamente, no sólo por lo que acababa de ocurrir, lloró por todo lo que no había llorado en su vida.
Poco a poco fue calmándose. Miró su pie. Lo inspeccionó una y otra vez. Pero no había cambios en el. Todavía no se había enrojecido ni siquiera aumentado de volumen. No había marcas en él. Todavía no. Pero las habría.
Permaneció quince interminables minutos investigando cada centímetro del  empeine de su pie. Por un momento creyó ver un cambio de color bajo el dedo pulgar pero no fue más que una alucinación.
Entonces dudando de aquello en lo que había creído durante toda su vida pensó que tal vez se había curado. Pero al instante desechó ese pensamiento. No. Esto tenía que tener alguna explicación.
Siguió mirando y mirando su pie, hasta que un pensamiento empezó a tener más peso que el resto. ¿Y si nunca hubiese estado enferma?
No recordaba ni un minuto de su vida en el que el sol le hubiese acariciado. No. No podía ser.
Revisó uno tras otro sus recuerdos.
 De niña viendo jugar a sus hermanos en el columpio del jardín tras una ventana. Las cortinas de terciopelo marrón que cubrían las ventanillas traseras de la calesa familiar. La oscuridad perpetua que reinaba en su hogar.  El no haber podido asistir al colegio como el resto de hermanos y primos. Su aspecto enfermizo, casi como un fantasma. Pero sobre todo lo feliz que se sentía en los días de lluvia en que aprovechaba para salir a la calle a pasear.
No tuvo tiempo ni de pensarlo, como un resorte sus piernas se estiraron a lo largo de la tumbona. Ahora el sol alcazaba hasta sus rodillas. Sus manos no dejaban de temblar. Sentía miedo pero no tenía ninguna intención de dejarse vencer por él.  La aventura acababa de empezar y ni sus dudas ni nada le harían retirarse. Poco a poco empezó a relajarse y disfrutar de aquella sensación que un rato antes había experimentado.
Aquello duró un par de horas, finalmente el sol desapareció por el horizonte hacia su descanso.
Catherine observando a su nuevo amigo con una sonrisa y casi susurrando le dijo.
-          Hasta mañana
Y corrió por  la cubierta en busca de sus padres, fue a  la sala de lectura, pero no encontró allí a su madre, de camino a la sala de fumadores, en busca de su padre, atravesó la suntuosa escalinata de la cubierta A. Dejó de ver todo aquello como una amenaza. Y empezó a disfrutar por primera vez de aquel barco y del viaje que le llevaba hacia América. No sabía por dónde empezar, como enfocar la conversación. Pensando en todo lo que tenía  que contarles. Como una nueva vida empezaba para ella. Se acabó el huir y el esconderse. La debilidad y el miedo. Todo eso lo había dejado atrás. Aquel barco que tanto había odiado se había convertido en su salvación, se dijo a si misma que recordaría siempre su nombre. Titánic.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Última voluntad


El día que se dio lectura al testamento de Don Antonio López pudo  haber sido el principio del fin de la familia López-Pintado. La convocatoria tuvo lugar en el despacho del difunto, presidido por su descomunal retrato de tres por dos metros.  No faltó nadie a la cita.

El hermano mayor  había madrugado aquel día. En realidad lo hacía siempre. Pero esta vez como era un día especial lo había hecho a las 6 de la madrugada. Llevaba trabajando en la empresa familiar desde que había acabado la carrera, hacía ya seis lustros. Los años se le habían caído encima como una apisonadora. A su debido momento se había casado con la hija de un posible socio de su padre. Luego llegaron los hijos, tres, dos niñas y un niño al que bautizaron con el nombre del abuelo. La tensión alta, el colesterol herencia familiar. Siempre estuvo a su servicio. Por supuesto llegó el primero acompañado de su mujer.

La segunda tuvo que interrumpir sus vacaciones en Nueva York para asistir al funeral de su padre. Aprovechando que estaba en la gran manzana, antes de partir a España, no pudo  resistir la tentación de comprarse un traje negro de Dona Karan, con una pamela a juego. Fue la gran expectación durante el acto. El padre había dejado escrito que quería ser enterrado en el pueblo donde había nacido. Un pueblo perdido en la Extremadura más rural. Cuando la hija llegó a España y se enteró dónde tendría lugar el entierro, entró en cólera, estado que le era  habitual. Finalmente decidió que fuese donde fuese no iba a perder la oportunidad de estrenarlo aunque fuese en el pueblo. Como consideraba que estaba espléndida con él, el día de la lectura  repetía modelo. El marido que permanecía en un segundo plano, no opinaba solo le llevaba las bolsas y pagaba las cuentas.

Los dos pequeños, mellizos, iban un poco por libre. El chico se había sacado la oposición de bombero, vivía en la sierra y  a penas pasaba por casa. Sólo sabían de él cuando su cuenta se quedaba en números rojos.  Una vez al año. Cuando le daba por cogerse un mes de vacaciones y acudir a cuanto desastre natural había en aquel momento en cualquier sitio del planeta. El cuerpo de bomberos voluntarios españoles es de lo más cotizado. Eso sí, una vez allí, y probablemente como consecuencia del estrés y la adrenalina, o tal vez por su encierro habitual en la montaña, surgía en él una irremediable pasión por el juego, las mujeres, el alcohol  y las drogas. Perdía tanto el norte que  su madre, que le tenía bastante consentido acaba cogiendo un avión y yendo en su búsqueda. Volvía a la normalidad hasta que al año siguiente hacía prácticamente lo mismo., pero ahora quién iba a buscarle era su sufrida novia.

La nena de papá siempre pensó que había sido adoptada, aunque era bastante difícil porque  era melliza de un niño que era igual a su padre y ella muy parecida a su madre. Pero como se sentía tan diferente a todos, llevaba años buscando infructuosamente allá donde fuera a su madre y su padre biológicos.  Era la artista de la familia. Pintaba, escribía, cantaba, actuaba. Un poco de todo y mucho de nada. Se unía a todas las causas. La última le había llevado a embarcarse en Rainbow Warrior, el buque insignia de Greenpeace. No se había casado ni tenía ningún interés en hacerlo. Como no solía llevar novio a casa, daban por hecho que era lesbiana. Y ella no lo desmentía porque le gustaba poseer esa aura de misterio.

El albacea testamentario, amigo del padre de la infancia, observaba a todos ellos. Sabía cómo acabaría la jornada e iba percibiendo el tenso ambiente que se respiraba.  

La viuda en el centro no había dejado de llorar desde su llegada.

A una señal de aprobación el albacea dio comienzo a la lectura del testamento:

- “Yo, Antoni López Cuesta, en plenas facultades, que aunque os pese, nunca perdí, declaro como última voluntad que se repartan mis bienes, que tanto me costó conseguir, de la siguiente manera…”

Empezó con sus descendientes. A cada relación de bien con su beneficiario el albacea se tomaba una pausa. Así pudo darse cuenta de que nadie estaba contento. Todos y cada uno de los hijos sentía  que era el menos favorecido del resto. En voz baja la familia política comentaba con sus parejas que parecía que de alguna manera se estuviera el difundo riendo de ellos.

 Al madrugador le había legado una casa de tres plantas sin ascensor al lado de una discoteca de moda. Una granja de cerdos en mitad de Extremadura a la hija glamurosa. Al amante de la montaña le había tocado en suerte un pub de dudosa reputación en la playa. Y finalmente la constructora familiar a la ecologista.
La viuda intentaba apaciguar los ánimos, el albacea pedía continuamente silencio, la beneficiaria de los marranos había abandonado la sala. Y se oyó más de un puño sobre la mesa.

-          - Chicos, no os preocupéis, seguro que es una equivocación. Todo se arreglará. Les dijo la madre.

Se leyó una relación de propiedades y bienes que en derecho recaerían en manos de la viuda: la mansión familiar, el negocio maderero, el paquete accionarial, valorado en los buenos tiempos de la bolsa en varios  millones de euros, que cubría innumerables sectores tales como eléctricas, bancos, materias primas…
A pesar de lo mal que el difunto trataba a su mujer, esta había permanecido a su lado siempre. Le había querido mucho y le seguía queriendo pero cada día soportaba peor su mal humor, sus achaques, sus queridas…Jamás había consultado con ella ningún negocio, ninguna decisión se tomo a medias en esa casa. Todo lo decidió él.  La decoración de la casa, lo que se comía, los gastos corrientes. El servicio tenía orden de no importunar a la señora con sus peticiones y dudas. Así ella se sentía totalmente perdida sin él. Su tiempo lo dedicaba a la Iglesia y labores benéficas. Antes de que falleciera el marido, durante su larga enfermedad, ella se lamentaba continuamente, preguntándole, que haría ella cuando él ya no estuviese a su lado.  

 La viuda escuchaba atentamente al albacea  imaginando  con terror la nueva vida que le esperaba cuando tras una última frase de éste, quedó petrificada. Las lágrimas se le secaron de golpe. Un color granate verdoso tomó su rostro,  las venas del cuello empezaron a hincharse y los ojos parecían a punto de salirse de sus órbitas hasta que finalmente salieron de su boca tres palabras, tres únicas palabras:

-         - Hijo de Puta.

Un silencio denso.

El albacea continúa:

-         - Como iba diciendo…, dejo todas esas propiedades al convento de las hermanas Trinitarias de Cercedilla del Camino, convento de clausura y voto de silencio, en concepto de dote de mi querida esposa. Dado que  ha insistido en mis últimos momentos en “no saber qué hacer sin mí”,…“que la vida ya no tendrá sentido”, y así preocupándome de su futuro, tal y como lo he hecho desde el día en que nos casamos,  le propongo que rece por nuestra familia ya que a partir de hoy le hará mucha falta.  Y sobre todo,  reza por mí.

Esos brazos tan fuertes




¡Qué guapo es! Y que bien le sienta ese jersey azul. ¿Dónde habrá dejado a sus amigos hoy?  Deja de vigilarle que estos dos  acabarán dándose cuenta.

-          Bueno nos vemos mañana. Digo a María y a Pedro, compañeros de instituto.

-          Mañana no trabajo, dice Pedro con recochineo.

-          ¡Qué suerte! , yo sí. Voy a tener un día terrible. Entre tutoría y clases me voy a tirar todo el día en el insti. Estoy deseando  que lleguen las vacaciones de Navidad. Dice María.

 El me mira de reojo. ¡Qué gracia! Parece tímido. Igual me está esperando.

-          Bueno, pues te veo a ti.  Pedro, disfruta del día libre.

-          Escucha, ¿Vas a ir a la cena del sábado? dice María.

 ¡Es alto!, ¿cuánto debe de medir? Creo que está en el equipo de baloncesto. ¡Qué brazos tan fuertes!

-          ¿Perdona?, digo

-          ¿Qué si vas a ir a la cena del sábado? Si tú vas me apunto.  Pero sino paso.

-          No sé. No lo he decidido todavía.

Se va.  Claro ésta no para de hablar. Tengo que hacer algo.  

-          Venga, apúntate.

No seas tan exagerada, que María se va a dar cuenta. Y lo conoce bien que lleva ya dos años en su clase. Ese gesto con la mano ha sido demasiado arriesgado.

-          Vale, vale, lo que tú quieras

Bueno, por lo menos lo ha entendido. Y ya no se va.

-          Perfecto, entonces ¿sacamos tu coche o el mío?

¡Madre mía!, no se callará.

-          No sé, mira lo decidimos mañana. ¿te parece?

-          Hija, que prisas tienes hoy.

Se acabará enterando. Contrólate un poquito, guapa.

-          Es que tengo que hacer cosas. Lo siento.

-          Vale, vale, no te preocupes. Hablamos mañana entonces.

¿Y esa joven con la que habla ahora?, me suena. Anda, ¿Pero esa no es alumna mía?

-          Hasta mañana.

Ahora no puedo  quedar sola  aquí como una tonta.

-          María, espera, no te vayas,  quiero preguntarte algo…

-          Dime

¿Y si había quedado con ella? Igual es su novia. No parece gran cosa, la verdad.

-          … pues se me ha olvidado lo que te quería preguntar.

-          Tía, estás fatal.

-          Sobrina, ya lo sé.

-          Es que me cuesta quitármelo.

¿Ese beso? ¿Ha sido en la mejilla o en la boca? Desde aquí no veo nada, me tapa la farola. Habrá que cambiarse de sitio. Desde el coche de María seguro que lo veo todo mejor.

-          Te acompaño al coche.

-          ¿Y lo que me querías preguntar?

-          Ya lo recordaré. No debe de ser muy importante
.
Mi alumna se va. Se queda solo. Corre. Ahora o nunca.

-          ¡Qué lejos, mi coche! Adiós.

-          Vale, vale, no hay quien te entienda hoy.

Tengo el corazón a cien por hora. El parece que también. Se está poniendo colorado. Y yo. Ya solo quedan una decena de metros. No puedo dejar de sonreír. ¡Que boca tan bonita! ¡Qué calor!  Tengo que quitarme esta chaqueta que me voy a asfixiar. Para. ¿Pero qué haces? Seguro que María ha notado algo. Me estoy volviendo loca. No está el patio como para jugarte el trabajo. ¡Y el  claustro!, me imagino sus caras. Ya me veo en las portadas de todos los periódicos. “Profesora de literatura y lengua española pederasta seduce a su alumno”… ¿Pero qué dices? Pero sí no es ni mi alumno y ya tiene dieciocho años. Se me está yendo la cabeza. No es para tanto. Somos dos adultos. Además mira cómo está. Mira esos brazos, ¿Hace cuanto no te latía el corazón de esa forma?  Eso querrá decir algo. Es una señal. Me sonríe. Me encanta.  Ya estoy aquí. y ahora qué?.

-          Hola. Digo

-          Hola. Dice él.

La tensión sexual que se respira es bestial. Si esto fuera una película nos desnudaríamos aquí mismo. Pero es el aparcamiento del instituto. Deja de reírte. ¿Qué le digo?, ¿le propongo ir a mi casa? O dónde él desee, pero que sea cerca. ¿Qué hace? Pasa el dedo índice suavemente desde mi mano pasando por mi muñeca, el codo, hombro, clavícula, cuello y finalmente  mis labios.

-          Vamos a mi casa. Digo.

-          Tía, como mola que tengas nido;  ej que he quedao con mi vieja pa sacarle unos pantacas nuevos. Pero mañana seguro de que puedo,… no te me vayas a enfriar, eh?


¿Qué es para mí la escritura?

  Desde pequeña he emborronado folios, libretas, posavasos, servilletas, todo aquello que llegaba a mis manos. Eran retazos de pensamientos,...